Publicado el:

Así como Fidel Flores, con la misma saña, de manera igualmente innecesaria y abusiva, 39 peruanos han sido asesinados durante la Gran Transformación. Más o menos cada mes, en alguna parte del país, un Fidel es asesinado por la policía, pateado después, dejado en el camino hasta que ya los médicos no pueden hacer nada por salvarlo.

Todos los fideles  son personas desarmadas, que a lo mucho se enfrentaban a la policía con piedras. Otras veces simplemente pasaban,  estaban ocupados en sus quehaceres. Ni  dentro de sus propias viviendas están a salvo de los abusos policiales.

Algunos fideles  ni siquiera habían alcanzado la mayoría de edad. Por ejemplo a Cesar Medina (16) le costó la vida recoger el USB que se había olvidado en una cabina de internet en Celendín.  Otros fideles trataban de huir del peligro, pero la policía les acribilló por la espalda. Es el caso de Luis Felipe Guerrero, un pescador de Sechura. Su pequeña ya nunca recordará su rostro ni su voz, porque cuando Luis Felipe murió ella solo tenía una semana.

La diferencia de Fidel Flores con los otros fideles, es que todos somos testigos de su asesinato. Esta vez, nisiquiera los que se dedican profesionalmente a hacer la vista gorda, incluso los que a fuerza de no querer ver han terminado quedándose ciegos, son testigos del asesinato de Fidel Flores.

Entonces, aprovechemos que  al menos por esta vez la indignación por la muerte de Fidel Flores nos unifica, para cambiar este desquiciado aparato represivo, convirtiéndolo en una fuerza democrática al servicio de los ciudadanos.  Es indiscutible que en algunos casos se justifica la intervención de la policía para restablecer el orden público, pero esto puede lograrse sin poner en juego la vida de las personas.

Si realmente existe la voluntad política para ello, se pueden generar los cambios necesarios: policías con entrenamiento, armas y equipos de protección adecuados, guías precisas de cómo deben realizarse los operativos, y medidas concretas para responsabilizar a los mandos policiales involucrados cuando se hacen mal las cosas. Ya está bien de que siempre se rompa la pita por el lado más débil.

El Poder Judicial y el Ministerio deben hacer su trabajo, a pesar de la sobrecarga, a pesar de las presiones, y garantizar la justicia en estos casos. Las investigaciones deben llevarse con diligencia en lugar de por pura inercia, terminando siempre en el archivamiento de los casos porque no se han conseguido las pruebas necesarias. Si para ello es necesario dotar de más presupuesto o de recursos humanos adicionales y especialmente capacitados a las dependencias que trabajan estos casos,  adelante. Señores fiscales, señores jueces, hagan su trabajo. La dignidad de todo un pueblo está en juego.

Y mientras tanto, los deudos de los fideles necesitan una reparación inmediata. El Estado debe hacerse cargo de la educación, la salud y la vivienda de la pequeña hijita de Luis Felipe Guerrero, ya que el Estado le arrebató a su padre sin miramiento alguno.

Finalmente, para que los fideles no sigan muriendo como el ganado, sin que los demás peruanos pongamos el grito en el cielo y nos indignemos, y sin que los capitanes tengan que dar explicaciones, necesitamos democratizar el acceso a los medios de comunicación. Pero sobre esto ya hablaremos otro día.